martes, 3 de mayo de 2011

Autoimagen

Después de desayunar, entro en la sala de sesiones todavía con el mal gusto de boca del sobre de farmacia que Juan me hace tomar. Olga se ha asegurado de que no deje ni una gota. Están dispuestos a engordarme tanto si quiero como si no. ¡Ags! ¡Qué asco! Son mucho mejores los cruasanes.
Patricia nos espera ya de pie, delante de la pizarra donde ha dibujado un esquema que lleva como título AUTOIMAGEN.

Nos sentamos todas alrededor de la mesa y ella empieza a exponernos el tema, que no es nuevo. Hay que insistir en él porque -dice, y estoy de acuerdo- todas tenemos la autoimagen muy deteriorada y tenemos que recomponerla.

Porque la autoimagen, dice, o sea, la imagen que tenemos de nuestro cuerpo, es como un rompecabezas, formado por piezas distintas.

Una pieza es el propio cuerpo, considerado objetivamente. Ob-je-ti-va-men-te, recalca, o sea, los datos observables y cuantificables: edad, sexo, peso, altura…

Intento pensar en mi cuerpo sin hacer trampas, como si tuviese que describirlo a alguien que nunca lo hubiera visto. Y repaso: 1,63 de altura, 39 kilos de peso, ojos marrón chocolate, pelo oscuro y liso… Eso quiere decir objetivo.



Patricia prosigue con la explicación de cómo se forma la imagen corporal: cuando pensamos en nosotras mismas, seleccionamos determinadas partes de nuestro cuerpo. Según la hagamos positiva (ojos bonitos) o negativa (caderas muy anchas), nos creamos una imagen satisfactoria o no. Dice, sin embargo, que esta imagen puede estar distorsionada, es decir, que no vemos el cuerpo tal como es en realidad sino mucho más gordo de lo que es, cosa muy frecuente entre las mujeres, y más entre las que padecemos trastornos de alimentación.

“Inténtalo”, me digo. Yo considero que estoy gorda. De acuerdo. ¿Pero cuáles son mis medidas? 1,63 y 39 kilos. Y si, según las tablas de peso, para una altura de 1,63 tendría que pesar entre 51 y 54 -¡unos doce kilos más!- , eso significa que no estoy gorda sino que tengo una percepción distorsionada. Me veo como un tonel, pero no lo estoy, que es lo que se esfuerza en hacerme entender Juan.

Vuelvo al hilo de Patricia que explica cómo, a las anteriores cuestiones, le añadimos pensamientos del tipo “estoy demasiado gorda de manera que voy a hacer el ridículo si me pongo biquini”, o “como tengo los muslos tan gordos ningún chico querrá bailar conmigo”.

Y yo no tengo más remedio que aplicarme el cuento. Esto debe de ser lo que me pasó la tarde en que Ricky y yo nos quedamos solos en casa. Todo se fue al garete por culpa del pensamiento que me obsesionaba: “Ricky sentirá asco de mi cuerpo si me ve desnuda”.

Patricia continúa con su exposición y nos explica que estos pensamientos negativos desencadenan emociones también negativas. Nos ponemos tristes o nos enfadamos o nos entra ansiedad.

Miro las caras de las internas, concentradas en lo que explica Patricia. A todas nos resulta muy familiar, aunque seguro que nunca nos habíamos atrevido a pensarlo. Del pensamiento a la emoción y de la emoción al comportamiento: decidimos no ir más a la playa para que no nos vean con biquini y nadie se de cuenta de que “estamos gordas”.

Ésa es exactamente la burrada que hice aquella tarde. Decidí que no quería saber nada de Ricky ni de las chocolatinas para que la mano no pudiese continuar palpándome el cuerpo y se diese cuenta de mis dimensiones (bueno, de lo que yo juzgaba como mis inmensas dimensiones), antes que la mano me quitase la ropa y él me viese desnuda.


Patricia ha hecho una pausa. El sol entra de lleno y nos baña a todas con una luz dorada.


- ¿Y sabéis de qué manera habéis ido formando la autoimagen?- pregunta Patricia.


Nadie contesta, pero todas la miramos y la escuchamos con atención; lo que dice se entiende muy bien. Pero claro, una cosa es entenderlo y otra muy diferente aceptarlo. Y la condición para ponerse bien es aceptarlo, además de entenderlo.


Patricia continúa explicando que la autoimagen se forma a partir de factores biológicos, o sea, características propias de nuestro sexo, raza y herencia (chicas que tengáis las caderas anchas es NORMAL, ¡es una característica femenina!), a partir de factores sicológicos, o sea, por la manera como nos vemos en general (si crees que eres simpática o lista o divertida, si eres optimista y ves el lado bueno de las cosas; si no eres demasiado perfeccionista y estás dispuesta a gustarte; si acostumbras a ser alegre y activa, te formas una autoimagen positiva, pero si no… ¡ay, si no !) y por factores socioculturales (la presión de la sociedad que, especialmente a las mujeres, nos exige ser guapas y delgadas).


- ¿Os imagináis como estarían los hombres si les amargasen la vida, por ejemplo, con la calvicie tanto como nos la amargan a nosotras con el peso? Si los conveniéramos de que un hombre calvo ya no tiene nada que hacer, ni con las mujeres, ni socialmente, ni profesionalmente. ¡Ah! Muchos estarían como cabras, os lo aseguro.


Además, insiste Patricia, están las experiencias personales que también influyen muchísimo. Por ejemplo, dice, si una persona insegura recibe un comentario negativo sobre su cuerpo, eso puede influirle en que se guste o no. Y si el comentario viene del sexo contrario, más todavía.
Billete de ida y vuelta publicado el 3 de Mayo de 2011 en el blog de alimentacion y salud de universia.


Fragmento de la novela



Fuente imagen: www.sxc.hu. Autor foto: Alex Bramwell

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