lunes, 21 de marzo de 2011

Una vieja de veintiún años

¡Ostras tú! ¡Qué manera de roncar, la tía! Parece mentira que una chica tan fina consiga producir unos ronquidos tan potentes como los de un descargador de muelle. Porque mira que fina y mona sí lo es. Como si hubiese salido de una pintura de Boticelli, con esos pelos largos, ensortijados y dorados, los ojos en forma de almendra y de color miel, una piel suave, de terciopelo. No como la mía que de tan reseca parece de cocodrilo. Pero los ronquidos…. ¡Uf, que ronquidos! Hacen tanto ruido que es como si al lado de mi cama hubiese una máquina perforadora de hacer obras en la calle. Las paredes tiemblan…

Se llama Susana, tiene veintiún años y es bulímica. Esta es la máxima información que he podido sacarle. Dice que no tiene ganas de hablar (la entiendo porque a mí me ha pasado lo mismo), que cuando esté de humor ya me explicará más cosas.

Cuesta creer que sea bulímica porque es lo que los chicos llamarían una tía buena: no le sobra ni falta nada. No es un esqueleto, como las anoréxicas, como Inés o Antonia. Tampoco una bola de grasa como las bulímicas, como Mónica, por ejemplo. Entonces, si eres bulímica pero no se nota que lo eres, ¿hay algún problema? Pues parece que sí porque está muy agobiada. Además, si no estuviera muy mal no estaría en el hospital. Nadie la obligó a ingresar: fue ella la que lo pidió porque dice que no podía más. Entonces, sí que debe ser un problema ser bulímica aunque estés buenísima y no se te note nada. Se lo tengo que preguntar…

¡Uf! Ha dejado de roncar, las respiración le cambia de ritmo. Se mueve. Quizás está despierta…

- Susana- le murmuro por ver si me oye.

- Mmmm.

- ¿Estás despierta?

- Sí. ¿Tú tampoco duermes?

No le explico que sus ronquidos me lo han impedido.

- No me puedo dormir.

- ¿Qué hora es?

- No lo sé. ¿Quieres que lo mire?

Ha encendido la luz que hay en la cabecera de su cama y la cara le queda ligeramente iluminada. En cambio el resto de la habitación, incluida yo, estamos en el mundo de la sombra.

- Las seis- dice.

- ¿Quieres intentar volver a dormir?- le pregunto.

- Me parece que ya no voy a poder.

Nos quedamos acostadas, cada una en nuestra cama de cara hacia la otra. Me mira, pero sólo debe ver contornos muy difuminados. Los pelos revueltos le enmarcan el rostro. Resulta bonito.

Parece que se encuentra mejor porque me sonríe. Y ojalá que no lo hubiese hecho. La Boticelli se ha ido a hacer gárgaras. ¡Ags! ¡Qué asco! Tiene los dientes más espantosos que yo haya visto nunca hasta ahora: pequeños, como si se los hubiesen limado, oscuros, de color gris, torcidos, tanto que alguno parece a punto de caer. Chica, más vale que estés con la boca cerrada. ¡Das pavor!

-Te debo haber parecido una ostra, ¿no?

Me encojo de hombros (no sé si se da cuenta del movimiento) porque en este sitio ya no me sorprende nada de lo que hace ninguna interna, incluida yo.

- No me apetecía charlar. Mi enfermedad me tiene consumida. A veces me pregunto si conseguiré sobrevivir a la bulimia.

Continúo sin entender lo que le pasa, cómo es que cree que puede morirse, si se la ve tan normal, pero no me apetece interrumpirla; quizás ahora que se ha lanzado se decidirá a explicármelo. Pero me fuerza a intervenir preguntándome:

- ¿Tu sabes que es la bulimia?

- Yo creía que quería decir ser una tragona. Quiero decir que creía que las bulímicas tenían una obsesión por comer, como Mónica, que no para de tragar más que cuando la encierran en el hospital.

- Sí, más o menos ésa es la manera de explicar la bulimia: comer de una manera voraz.

- Entonces, ¿por qué tú…?

No me deja terminar.

- Yo no soy como Mónica. Mi problema es todavía más grave que el suyo. Ella es lo que se llama una comedora compulsiva: come demasiado y a todas horas para calmar la ansiedad; se refugia en la comida. Yo, en cambio, cuando me doy cuenta de que me he pasado, o bien vomito o bien hago un ayuno total que dura un día o más, según lo que pueda resistir, hasta que me muero de hambre o de ansiedad y vuelvo a darme otra panzada.

- ¿Por eso no has engordado como ella?

Suspira. Un bucle rizado, iluminado, se alza suavemente y vuelve a caer.

- No, no he engordado, pero el hecho de que vomite hace que mi enfermedad sea más difícil de curar. Además el miedo a perder el control y ponerme obesa como Mónica me martiriza. ¿Sabes? Puedo tener diferencias de peso de hasta cuatro kilos dentro de una misma semana. O sea, el martes peso 48 y el jueves 52. Tú no tienes este problema ¿no?

- No, no lo tengo. Desde que comencé el régimen no he parado de perder peso. En cambio, sí que tenemos una cosa en común: yo también me provocaba vómitos.

- Sí, de acuerdo, pero ¿cada cuánto?

Me quedo pensando. No se lo sabría decir.

- Alguna vez sólo, cuando me sentía muy llena.

De hecho, recuerdo, lo empecé a hacer hacia el final, cuando se rompió la historia con Ricky y cuando en casa estaban ya todos de los nervios por mi culpa y yo tenía más miedo cada día que pasaba.

- Pues yo, en cambio, vomito después de cada cosa que como. Algún día hasta cinco veces.

La miro incrédula. Tanta veces ¡Qué horror! Qué mal gusto de boca debe tener siempre… Como si mis ideas tuviesen piernas y al aparecer por la zona de luz de la habitación ella las pudiese ver, me explica:

- ¿Te has fijado en mis dientes?

Me da vergüenza decirle que sí y que, por favor, vuelva a encerrarlos tras los labios, que me va a dar arcadas. Hago un gesto que tanto puede decir que sí como que no.

- Se me han puesto así de vomitar. Y no pienses que acaba todo con tenerlos de vieja pelleja. Además se me mueven todos y ya se me han caído dos molares.

Pobre Boticelli, no me la imagino con una dentadura postiza… ¡una vieja de veintiún años!

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta publicado el 17 de Marzo de 2011 en el blog de Alimentación y salud de Universia.

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