viernes, 4 de febrero de 2011

Uñas azules y cuerpo de maniquí

La tarde de compras empezó de la manera más festiva. Entraron en unas cuantas tiendas y lo revolvieron todo sin acabar de decidirse. Eran como dos abejas de flor en flor, zzzzzzz, libando el néctar: “Eh, ¿te has fijado qué camisetas de licra tan guapas? ¿Y estos botines? Auténticos, ¿no? ¡Ostras! ¿Y este top tipo ropa interior de Madonna en plena actuación? ¡Uf!, pelín exagerado, ¿no? Les daría un ataque a mis padres… ¿Y no molan estas mallas acampanadas? Cantidad…”.

Todo muy divertido, hasta que cada una optó por lo que más le había atraído, a pesar de que no era fácil decidirse entre tantas cosas que les encantaban. Y Primer Disgusto. La displicente vendedora que las tenía que guiar al probador, revisó las etiquetas del montón de piezas de ropa que Bes llevaba en brazos y mirándole el cuerpo de arriba a abajo, le confirmó:

- Sí, sí. Ésta es tu talla, una 36.

Después cogió lo que había elegido Marta, miró la etiqueta, le miró el cuerpo con pose crítica y le soltó:

- No. Nada de esto te entra. Tú necesitas por lo menos una talla 42 y nosotros no tenemos tallas tan grandes.

¿Tallas tan grandes? ¿Tallas Tan Grandes? Y Marta veía cómo la camiseta naranja, que casi olía a primavera, se quedaba desmadejada sobre el mostrador. Y tras la camiseta, unos pantalones de cuadritos y unas mallas. Y todo, vaya, todo.
- ¡Ah! Esto quizá sí que lo tenemos en tu talla.


Y la vendedora de uñas azules, cuerpo de maniquí y desprecio metálico se perdió entre los estantes para volver con unos vaqueros de la talla 42.

Bes, satisfecha con el botín, hablaba por los codos (el shopping la excitaba) e ignoraba el estado catastrófico de Marta, que se sentía como si la hubiesen examinado y la hubiesen suspendido, cuando, en realidad, ella creía que tenía la materia muy bien preparada. Vaya, que nunca había considerado que una talla 42 fuese un deshonor. Pero la mierdosa metálica le había hecho notar que sí.

Segundo Disgusto: dentro del probador.

Encajonada entre tres paredes de espejo y una cortina que apenas las salvaba de las miradas indiscretas, Bes se iba poniendo y quitando ropa, en pleno delirio. Marta la miraba desde un ángulo de aquel minúsculo cubil. Pues sí que era esmirriada. Metida para dentro, que decían los gemelos. No le parecía gran cosa su cuerpo desnudo…, pero, claro, la ropa le quedaba bien. ¿Bien? Bueno, por lo menos le quedaba como a los cuerpos-yogur de las revistas.
Bes, con un top que le dejaba el ombligo al aire y una faldita insultantemente corta y ceñida, la miró con cara de no entenderla:

- ¿No pones tú los jeans?

Con calma, alargando los movimientos para retrasar el momento, se los fue a probar. Dificultades para pasarlos por las caderas: tan rígidos, tan acartonados, demasiado nuevos. Más dificultades para abrocharse el botón, y eso que casi no respiraba. Y últimas dificultades para subirse la cremallera, que se empeñaba en atascarse en el primer tramo pero que, una vez metida la barriga, se deslizó suavemente hasta arriba.

Estaba agotada por los esfuerzos, con las yemas de los dedos doloridas, pero con la moral alta porque había salvado el honor. Se miró al espejo. No estaba mal.

Bes también la miraba.

- ¿Quieres tú pedir por una talla más?

-¡No!

No. Sólo de pensar en la metálica con su ceja levantada, que señalaba acusadoramente las rebanadas de pan con tomate y los espaguetis y los roscones con cabello de ángel y piñones de los domingos, se le ponían los pelos de punta.
Quizá sí, le dijo Bes, que le iría bien perder algún kilito. Se lo dijo con cordialidad, con ganas de ser útil; eso lo notó Marta.

Empezó a pensar que Bes y la metálica tenían razón.

Marta sintió que se le arrugaba un poco el corazón. Hasta aquel momento no había pensado nunca que estuviese gorda. Quizá un pelín llenita, pero ¿y qué? Se contempló la imagen en el espejo del probador y vio a una chica de 17 años, de labios gruesos, ojos vivos y oscuros, casi negros, tan diferentes de los de los gemelos, pero también bonitos, con una mata de pelo brillante y moreno, con unos pechos redondos y bien puestos, como dos manzanas (aunque con una cierta tendencia al aumento de talla). Y se dio cuenta de que hasta entonces lo único que realmente le había molestado era la maldita piel que se empeñaba en dejarle rastros de granos en su nariz y la barbilla cuando menos le convenía (que era siempre).

Se colocó de espaldas al espejo y torció la cabeza para mirarse por detrás. ¡Uf! ¿Tendría que añadir a la lista de “cosas-que-no-me-gustan-además-de-los-granos” un culo embutido en unos vaqueros que entonces le empezaron a parecer más ajustados de lo que habría considerado unas horas antes? Se puso de perfil y continuó dedicándose una atención crítica. ¿Le sobresalía la barriga más que de costumbre? ¿Estaba hinchada porque le iba a venir la regla o era éste el perímetro normal de su vientre? ¿Y aquellos muslos rotundos y las manos regordetas? Se miraba con una mirada nueva, pero ¿era la suya o era la de la metálica y la de Bes que quería ayudar?

Pensó que era una pena acabar con aquel mal gusto de boca, como si hubiese masticado una almendra amarga, una tarde que había empezado con tan buenos augurios. Sobre todo porque ella había previsto un final mucho más feliz. Por ejemplo, meterse una pizza y una coca-cola en un fast-food que había a la vuelta de aquella tienda.
Estaban en la caja para que Bes pagase el montón de ropa que había comprado.

- ¿Y tú no te quedas con los pantalones?

- No -contestó Marta eligiendo de entre todos los tonos posibles el más neutro para disimular la frustración que le roía el estómago-. No me gustan. Y entonces se acordó de la Vilagut y la fábula de Esopo: la zorra encontró un pámpano del que colgaba un racimo de uvas. Y haciéndosele la boca agua, el animal saltó para llegar hasta la fruta que colgaba de una rama demasiado alta. Agotada por los intentos fallidos, se alejó la zorra diciendo: ¡Total, estaban verdes!
¡Los vaqueros también estaban verdes! (o su culo demasiado maduro, visto desde una óptica nueva y no confesable).

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta publicado el 3 de Febrero de 2011 en el blog de Alimentación y salud de Universia.

Escritora.

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