jueves, 9 de diciembre de 2010

José María Mena: Noticias locales

Hay noticias de primera plana, y, de entre ellas, algunas de trascendencia mundial. Hay otras que solo alcanzan las páginas de información local. Estas parecen, a primera vista, anecdóticas, puntuales, poco trascendentes y, además, generalmente inconexas. Hace falta releerlas a la luz de aquellas noticias importantes, o de la realidad superior en que se alojan, para darse cuenta de que, lejos de ser noticias menores, son parte, aunque local, de una realidad global trascendente y guardan entre sí relaciones relevantes. Buena muestra de esto pueden ser dos recientes noticias locales. Una de las noticias es que el imán de Cunit ha sido condenado penalmente por coaccionar a una persona -una mujer- por incumplir los mandamientos de la única religión verdadera, la del imán. La condena, obviamente, no era una condena brutal, sino razonable, proporcionada, propia de un país democrático.
La noticia se complementa con la información según la cual el imán se muestra indiferente ante la, para él, benévola condena penal, incólume en su entorno personal y social, desafiante al sentirse portador institucional de la verdad, de su verdad. Este sentimiento de práctica impunidad, unido a la capacidad efectiva de seguir imponiendo sus concepciones de la vida y del comportamiento ajeno, conecta nuestra noticia de Cunit con otra, de trascendencia mundial, que nos viene preocupando desde hace tiempo.
Cuando la convicción de poseer la verdad es tal que se ostenta con tenacidad y apasionamiento desmedidos, se alcanza el fanatismo. El fanatismo religioso nos hace retroceder en la historia hasta cotas medievales. Cuando el fanático dispone de poder efectivo en su entorno, familia o comunidad, el peligro que implica para la sociedad democrática, pacífica y tolerante en que se desenvuelve es un peligro real y creciente. La puntual anécdota de nuestro imán de pueblo deja de ser una pequeña anécdota local.
Otra noticia es que en un centro universitario oficial de Barcelona se acaba de instalar una capilla católica, cuando ya incluso se había retirado la que había en el palacio de justicia. Ese anacronismo es correcto legalmente, conforme al artículo 16 de la Constitución y a la Ley Orgánica de Libertad Religiosa de 1980. Pero tal noticia no deja de provocar un amargo sabor de boca de otros tiempos y de exigirnos un sereno esfuerzo de razonable crítica. Ya hay templos católicos suficientes. Los universitarios de aquel centro pueden acudir a rezar a las iglesias existentes, igual que todos los ciudadanos católicos de Barcelona. La capilla parece, por tanto, que pretenderá atender a una nueva necesidad de piedad urgente, incontenible e inaplazable de nuestros universitarios, superior a la de otros feligreses.
Esta irrupción excesiva del culto católico en la deseable neutralidad laica de nuestra Universidad oficial recuerda otros gestos eclesiales, episcopales, de irrupción imperativa en la docencia oficial de rango inferior. No hemos podido olvidar que no hace mucho un obispo expulsó a una profesora de religión -otra vez, una mujer- de un centro docente oficial como castigo por su vida personal, condenable según los mandamientos de la, también, única religión verdadera, la del obispo.
Y aquí conectan nuestras noticias locales con la gran noticia, de trascendencia mundial, que nos abrumó no hace mucho. Ese mismo prelado, con toda probabilidad, ya sabía en aquel momento lo que luego se publicó en el mundo entero: que algunos de sus clérigos y príncipes de la Iglesia eran criminalmente responsables de graves delitos de pederastia, ocultados, es decir, encubiertos, desde las mismas sedes que condenaban a la digna profesora. Con esta perspectiva, la irrupción de lo religioso en la neutralidad de la Universidad oficial se nos presenta como algo más que una noticia local. Es una muestra preocupante de retroceso en los principios de la convivencia laica, aconfesional, democrática, resbalando por una pendiente en cuyo final se vislumbran signos indeseables de otras clerecías medievales.

Artículo de José María Mena publicado el 9 de diciembre de 2010 en El País.

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