lunes, 13 de septiembre de 2010

Sara Berbel: Viaje a la cuna de la socialdemocracia

Estábamos inmersos en la noche nórdica, aquella que se mantiene entre penumbras hasta la hora de las brujas, mientras el avión aterrizaba en el aeropuerto de Estocolmo. Llegábamos con una cierta emoción, la de visitar una tierra pionera en políticas centradas en las personas, ahora que esa ideología parece alejarse de Europa. Tal vez una característica de la socialdemocracia sea traducir lo complejo en inteligible, lo abstracto en cercano y adaptado a las necesidades de cada cual. En ese sentido, el principal aeropuerto sueco es insólitamente friendly, a medida de lo humano, con rincones agradables para descansar, sofás para compartir conversación y sillones individuales para quien prefiera la lectura, el pensamiento o, sencillamente, el sueño. Cafeterías con vistas, baños completos individuales… nada que ver con la fría impersonalidad de la mayoría de aeropuertos occidentales.

Pero eso fue solamente el principio. La ciudad nos acogió con todo su esplendor (sí, esplendor a pesar de los cielos nubosos y el Báltico oscuro y profundo). Las 14 islas que forman Estocolmo mostraron su lado más abierto, plural, diverso armónico e igualitario en todos los momentos de nuestra visita. No importa que Henning Mankell se pregunte a través de su protagonista principal, el detective Wallander, si se estará perdiendo la Suecia que ellos conocieron, libre de violencia y discriminación. Sin duda la violencia existe, y también la discriminación: ¿qué lugar donde habiten los seres humanos está libre de ellas? Tampoco imaginemos una ciudad llena de jóvenes anoréxicas y desadaptadas como Lisbeth Salander, la co-protagonista de la trilogía de Stieg Larsson, defensoras a ultranza del individualismo postmoderno. Más bien estos libros son un lamento ante la posibilidad de perder el modelo de cohesión social que han construido, una llamada a la preservación de los valores que les han definido en los últimos decenios.

Algunas voces en nuestro país se han alzado diciendo que estas novelas contemporáneas muestran que habíamos idealizado en exceso los países nórdicos, manifestando en realidad una íntima satisfacción porque el rebajarlos a ellos nos hace a nosotros menos malos. Y porque, de pasada, su supuesto fracaso cuestiona la efectividad y necesariedad de las políticas de igualdad.

Y, sin embargo, sólo un país que tiene la libertad como valor principal puede hacer ondear la bandera del orgullo gay en el Palacio Real y, lo que es aún más impresionante: en la cúpula de una iglesia importante en el paseo central, al paso de la manifestación organizada con motivo de la reivindicación de igualdad para las personas homosexuales. ¿Se imaginan esas imágenes en alguna de nuestras ciudades? Y sólo un país que lucha por la igualdad de las mujeres coloca maniquíes en los escaparates con una talla 38 o incluso 40, figuras esbeltas y realistas, tan alejadas de las muñecas andróginas y esqueléticas que observamos en nuestros centros comerciales. La apuesta por la igualdad es visible en todos los frentes: en una menor segregación en el mercado laboral, en la presencia de mujeres en niveles de dirección, en la incorporación de las proclamas feministas como parte de la cultura con prestigio… Ciertamente sigue existiendo la violencia de género y el índice de suicidios es mayor que en nuestro país pero, al margen de que la estadística tiene múltiples lecturas y cabe exigir mediciones homogéneas, parece claro que sólo quienes apuestan firmemente por las políticas centradas en las personas avanzan en un mayor bienestar y justicia social. Ojalá podamos seguir teniendo a los países nórdicos como referentes durante muchos años. Significará que nuestra capacidad de superación está viva y que la esperanza de un mundo mejor todavía es posible.

Artículo de Sara Berbel publicado en la web de Dones en Xarxa el 6 de septiembre de 2010.

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