jueves, 2 de septiembre de 2010

La chica del espejo

Adela vuelve a entrar con unas toallas. Las deja sobre la cama.
-Tu turno -anuncia, mientras saca una llave del bolsillo de la bata, la mete en la cerradura y la hace girar. Abre la puerta de un empujón.
Entro y, como ya me había olvidado las normas, inicio un movimiento para cerrar pero lo intercepta antes de que tenga tiempo de completarlo -: Siempre abierta.
Suspiro, pero la obedezco. ¿Qué puedo hacer si no?
Me limpio los dientes y la oigo canturrear mientras cambia las sábanas y hace la cama. Por el rabillo del ojo observo la otra puerta del baño, simétrica a la mía y tras la cual está la habitación de las que van a ser mis compañeras. No se oye nada.
Adela mete la cabeza:
- ¿Va todo bien?- me pregunta
Digo que sí con la cabeza; tengo la boca llena de pasta de dientes.
-Voy a buscar un rollo de papel higiénico de recambio. Empieza a ducharte.
Me enjuago la boca, me quito el pijama y me miro el cuerpo desnudo reflejado en el espejo. Como está colgado sobre el lavabo, sólo me devuelve la imagen hasta las rodillas. Intento verme como me ven ellos: delgada hasta el dolor, hasta el horror, dicen. Un esqueleto, dicen. En cambio yo sólo soy capaz de verme como me siento: gorda. Me acaricio la cintura, subo las manos desde los riñones hasta la zona lumbar, buscando los desagradables michelines. Me pongo de perfil y me observo críticamente la barriga; la continúo viendo abultada, a pesar de que no me olvido de las palabras de mi madre cuando no hace mucho me vio desnuda: “la piel de un tambor, hija, eso parece tu vientre, plano y apergaminado”. Me observo los muslos y aunque se arquean considerablemente, me aterra que algún día lleguen a juntarse. Me contemplo las manos y los brazos: huesudos, dice Juan, pero yo no pienso lo mismo. ¿Cómo será mi cuerpo de aquí a tres o cuatro semanas? ¿Habré empezado a acumular más grasa de la que tengo ahora?
¡No quiero engordar! ¡No quiero engordar!
La chica del espejo me observa con terror. De repente se le hinchan las mejillas como si se hubiese metido una manzana entera en la boca. La papada se le desarrolla hasta el punto de que es imposible determinar los límites entre la barbilla y el cuello. Con un gemido, la chica alza impotente los brazos -unos brazos regordetes como globos que alguien hubiese retorcido por los extremos hasta dejarlos convertidos en ridículos perros-salchicha- y se tapa los pechos, una masa enorme, lechosa y temblona.
La opresión del pecho reaparece con una fuerza inusitada. Me ahogo. Trago una bocanada de aire tras otra con la mayor amplitud de que soy capaz y no consigo llenarme los pulmones. El corazón se me acelera y late irregularmente: de pronto tres latigazos seguidos; de repente ningún sonido. El cuerpo se me cubre de un sudor frío: me parece que me voy a desmayar. Quizá esto es la visita de la Parca (dice la Vilagut que las parcas regían el destino: una hilaba la lana, la otra la enrollaba y la tercera, la que determinaba el momento de la muerte, cortaba el hilo). Miro hacia el techo donde hasta hace un momento brillaban dos pequeños ojos de buey; han desaparecido. No entiendo por qué si las dos luces se han borrado del techo, la habitación continúa iluminada. Ahora los dos focos se hacen visibles de nuevo, con una luz imposible de contemplar. Cierro los ojos, me dejo ir y me siento en el borde de la bañera. No puedo más. Estoy asustada. Me parece que me estoy volviendo loca. Y no quiero engordar, no quiero.
-Pero niña, pordiós, ¿todavía no te has duchado?
Adela ha entrado sin avisar. Cuando nuestras miradas se cruzan, una sombra de alarma se asoma a sus ojos.
-¿Estás bien?- y se me pone al lado y me ayuda a incorporarme y a mantenerme derecha sin vacilaciones.
El pulso se me ha normalizado, el sudor ha desaparecido, la respiración ha recuperado ritmo.
-¿Te ves con ánimos de ducharte sola? -me pregunta Adela que aún me sujeta el brazo con fuerza.
-Sssí- le contesto titubeando. Y añado cuando noto que me suelta y que se dispone a salir de la habitación-: pero, por favor, no te vayas muy lejos.
-De acuerdo.

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta publicado el 1 de Septiembre de 2010 en el blog de Alimentación y salud de Universia.


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