miércoles, 7 de julio de 2010

Mi hija ¿anoréxica?

P- Tampoco es por mi familia. Creo que lloro por mi misma, porque me siento miserable.
T-¡Miserable! Qué adjetivos tan duros utilizas para calificarte.
P-Me siento muy pringada. No es divertido.
T- Estoy seguro de ello, pero no es más que una consecuencia de la enfermedad. Tienes que convencerte, Marta: que te cures depende sólo de ti, de que aceptes que estás enferma y que tienes que cooperar para salir de la enfermedad. ¿Lo entiendes, no?
P- Sí.
T- ¿Quieres que los llame y les dé yo mismo la noticia?


¡No! ¡De ninguna manera! A aquella hora no estaría en casa más que su padre (y los gemelos y Bes, naturalmente). Prefería que la noticia la recibiesen al mismo tiempo el padre y la madre, y de su boca. Por lo menos su madre tendría una reacción. Mala, seguro. Marta podía imaginar cómo se enfadaría y le echaría en cara (cargada de razón) que les hubiese dicho mentiras (¿otra vez, Marta?) a propósito de la comida. Se imaginaba también que se entristecería, porque le parecería grave tener que internar a su hija mayor en el hospital. Y seguramente se revolvería contra sí misma, porque se consideraría responsable, en parte (ella era Doña Perfecta), de lo que le había pasado a Marta. Sí, ya sabía que no la iba a aplaudir pero, así y todo, la apoyaría.
En cambio su padre no sabría qué decir. Por su naturaleza porexpánica y porque no entendía nada de nada de lo que le estaba pasando a su hija mayor.

Marta recordó la cara de sorpresa que había puesto su padre la tarde que Juan les comunicó el diagnóstico de su enfermedad. En cambio la madre, no movió ni un músculo. Ella lo sospechaba de un tiempo a esta parte, por eso había buscado un sicólogo, por eso los había arrastrado a ella y a Pedro al ambulatorio. El padre no lo podía entender. ”¿Anoréxica?”, repetía una y otra vez como si le costase entender la palabra. Pero cuando Juan comenzó una explicación técnica para que se hiciese cargo de cuál era la enfermedad que tenía Marta, Pedro lo cortó. “Sé perfectamente en qué consiste la anorexia. Leo los periódicos y no se me escapa de qué va esta enfermedad”. Y añadió que lo que le había dejado pasmado era que la tuviese su hija. “Creía que esto sólo le pasaba a las modelos y a algunas deportistas de élite”. Aquella tarde Pedro miraba fijamente a Marta como si la viese por primera vez, como si fuese una desconocida para él o como si acabase de descubrir una faceta nueva tan imprevisible que la reducía a la condición de una extraña. Y Juan, con paciencia y tacto le había explicado que aquello era cada vez más frecuente y que muchísimas chicas -más que chicos- estaban atrapadas en aquel infierno, y que eran hijas de familias normales, con padres normales, hermanos normales, con maneras de ser normales y con expedientes académicos incluso brillantes. “Sí, sí”, decía el padre, a quien tanta normalidad le resultaba familiar, pero que continuaba sin saber cómo encajar la pieza del rompecabezas que le habían puesto en las manos: la anorexia de la hija.

Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta publicado el 7 de julio de 2010 en el blog de Aimentación y salud de Universia.

Escritora.

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