lunes, 28 de junio de 2010

Cerebro y educación

Una entrenadora de ballenas del parque Sea World en Florida murió en febrero pasado al ser agredida por una orca. Por lo menos tres testigos del accidente fueron interrogados y sus versiones, publicadas. Y digo versiones porque cada testimonio difería de los otros dos. Una persona vio cómo la ballena emergía con fuerza del agua, cogía por la cintura a la mujer, que estaba de espaldas, y la sacudía con violencia. Otra, en cambio, dijo haber visto al animal nadando rápidamente por el tanque llevando en la boca a la entrenadora, que sangraba abundantemente. La tercera vio cómo la ballena, en el momento de ser acariciada por la mujer, la cogía, se zambullía de súbito en el agua y reaparecía, luego, al otro lado de la piscina.

Tres testigos, tres descripciones no coincidentes. ¿Cuál de ellas se corresponde con lo que en realidad ocurrió? Cada uno de los declarantes cree que la suya, y cada uno de ellos examinó esa misma escena con los sentidos: la vista, el oído, el olfato… Si no tenían los órganos de los sentidos dañados, debieron haber visto lo mismo y, sin embargo, no fue así.

Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestra nariz… captan la información sobre el mundo físico y la transmiten a nuestro cerebro y a nuestra mente.

Aunque a menudo utilizamos ambos términos –cerebro, mente- como sinónimos, no lo son. La actividad cerebral se produce, por ejemplo, cuando pulsamos un botón con el dedo y se activan distintas áreas del cerebro, visibles mediante Resonancia Magnética. En cambio, la actividad mental se produce, por ejemplo, al imaginar que pulsamos un botón con el dedo; en este caso, se activan también unas áreas cerebrales, pero la actividad mental en sí misma ni es visible ni medible.

Evidentemente, las personas estamos convencidas de que lo mental es distinto a lo físico. Y, sin embargo, según expone el neuropsicólogo Chris Frith en su libro Descubriendo el poder de la mente. Cómo el cerebro crea nuestro mundo mental: "La distinción entre lo mental y lo físico: es una ilusión creada por el cerebro. Al ocultarnos todas las deducciones conscientes que hace, nuestro cerebro crea la ilusión de que tenemos contacto directo con los objetos del mundo físico. Al mismo tiempo, el cerebro crea la ilusión de que nuestro mundo mental está aislado y es privado."

Si le preguntamos a alguien qué ve, estamos utilizando su mente para saber qué está representando su cerebro. Pero lo que esta persona cuenta que ve no se basa sólo en la información que le transmiten los sentidos sino también en la que predice su cerebro merced a las ideas previas acumuladas en él. Ello puede experimentarse de forma bastante exacta en la exposición Abracadabra, sobre ilusionismo, que todavía puede visitarse en Cosmocaixa. En ella hay un espacio en el que, por ejemplo, podemos comprobar cómo lo que vemos está condicionado por esas predicciones del cerebro. Delante tenemos una pantalla en la que aparece una vista de alta mar con un oleaje poco agitado. Nos colocamos bajo un altavoz direccional que emite una música y, automáticamente, el mar nos resulta inquietante. Luego, la música cambia y ese mismo paisaje marino se nos antoja amable. En el primer caso, la música era la banda sonora de la película Tiburón. En el segundo, la de la serie Verano azul. Incluso sin haber escuchado con anterioridad cualquiera de las dos sintonías, el cerebro de personas educadas en unas determinadas coordenadas tiene suficiente información previa como para arrojar los mismos resultados.

Así pues, muchas de nuestras respuestas supuestamente objetivas referidas al mundo físico están condicionadas por nuestra educación. Por ello, insiste el neurobiólogo Stephen Macknick en que, por ejemplo, las mejores puntuaciones en matemáticas de los hombres no son la consecuencia de un cerebro más dotado sino el hecho de que ellos y ellas reciben una educación diferente.

Para conseguir mejores matemáticas e ingenieras es necesaria una educación en igualdad. Y para eso, al país aún le sigue faltando un trecho.

Artículo publicado en El País el 26 de junio de 2010

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola, fa dies que no he pogut llegir el blog i estic llegint al revés, d'allò més recent a allò més antic. Veig que compartim la fascinació per la neuro-ciència, perquè l'utilitzes sovint per centrar articles. Bé, educació en la igualtat o no -jo personalment no la vaig tenir gràcies a un car col.legi de monges que pretenien inculcar-me un paper pacient, sofert i dòcil,- al final allò que preval és sentir-se capaç, no diferent i en perill constant d'agressions. Aquest temor-recel també és auto-limitant. Endavant,

Ignasi Meda dijo...

Hola. En primer lugar quiero felicitarte por el artículo, sobre todo por la claridad conceptual que utilizas.
En segundo lugar me gustaría compartir este enlace con vosotros: en él podremos observar cómo René Magritte expresa el mismo tema aquí tratado, pero enfocado a través de la pintura.
http://ignasimeda.blogspot.com/2010/07/la-comprension-de-la-mente.html

Finalmente me gustaría "criticar" únicamente, que no tengo tan clara la deducción aquí expuesta sobre si los hombres sacan mejores notas en matemáticas... será por una cuestión puramente educativa. Sin ser unos mejores que otros, se está demostrando que los cerebros de hombres y mujeres difieren en según qué respuestas a diferentes situaciones ambientales. Por poner un ejemplo, desde pequeños ya la mayoría de niños prefieren los juegos que incluyen factores de "rivalidad" con otros, canalizados a través del juego con la pelota, por poner un ejemplo. Esto no implica que a las niñas no les guste jugar, ni mucho menos, pero hay que contemplarlo desde un punto de vista amplio (de mayorías...). Del mismo modo, tampoco es casual que las mujeres obtengan mejores notas en los estudios: no lo podemos explicar únicamente por factores culturales,ambientales o aprendidos... hay algo más, y sin duda, está en el interior de la mente de cada uno/a.
¡Un saludo! Ignasi.