sábado, 8 de mayo de 2010

O putas o sumisas

Tengo delante dos fotografías, ambas relacionadas con la polémica generada por el hecho de que una adolescente haya tenido que cambiar de instituto porque en el suyo no podía usar el hiyab ya que el reglamento del centro prohíbe el uso de prendas que cubran la cabeza.

En la primera, observo a Najwa, la chica, con dicha prenda, acompañada de su padre, cuya cabeza y rostro están descubiertos y cuya ropa es absolutamente occidental, y de su madre, con el cabello cubierto por el velo islámico, parte del rostro tapado por una grandes gafas de sol y ataviada con ese característico abrigo-bata hasta los pies que desdibuja sus formas femeninas.

En la otra foto, un imán de Valencia adoctrina en una mezquita a sus fieles -todos varones- en lo relativo a la conveniencia de que las mujeres usen el hiyab.

En ambas imágenes es evidente que el portavoz es siempre un hombre, como si ellas no tuvieran opinión o les estuviera vedado expresarla. Contemplando las fotografías e infiriendo esta conclusión, una se plantea hasta qué punto el uso del hiyab refleja un ejercicio de libertad o es, simplemente, una imposición paterna al más puro estilo patriarcal, como el que muchas de nosotras conocimos en un pasado no muy lejano. ¡Y del que, obviamente, hubiéramos querido poder liberarnos!

Desde luego, el uso del velo -de cualquier tipo- está relacionado con la idea del honor masculino, que los varones pueden perder si sus mujeres (esposas, hijas, hermanas...) no observan la decencia sexual que marcan los cánones patriarcales. La primera vez que se legisla sobre el velo es en el código de Hammurabi (casi 2000 años a.C. y, por supuesto, muchísimo antes de que se escribiera el Corán). Este conjunto de leyes, uno de los más antiguos, determina la diferencia entre mujeres inviolables e invioladas, esto es, aquellas que están bajo la protección de un hombre: esposa, concubina casada e hijas vírgenes, las cuales deben ir veladas; y mujeres sin velo, las que no pertenecen a ningún hombre, están desprotegidas y, por tanto, pueden ser usadas libremente. Es decir, que no hay más que dos opciones: o someterse a un hombre o ser puta. Por lo menos desde los ojos masculinos, claro.

Casi 4000 años más tarde, el peso de esta división arbitraria sigue presente. Así, de forma meridianamente clara, las adolescentes musulmanas entrevistadas hace unos días por este periódico justifican el uso del hiyab con este argumento: "¿Sabes? Sólo cuando llevas el velo los hombres te respetan". Sin duda, la de ellas y la de Najwa no parece ser una decisión muy libre, ni siquiera una imposición de los libros sagrados (el Corán no dicta esta norma), sino una regla cultural que controla la sexualidad femenina en beneficio de los varones.

Por otro lado, suspiro aliviada cuando leo que el ministro de educación, Ángel Gabilondo, sentencia que a su juicio tiene que prevalecer el derecho a la escolarización de las menores. Alguien con sentido común, me digo, esperando que hará entender a la familia de la chica y, de paso, a la comunidad musulmana que vive en España, que la escolarización no sólo es un derecho de los y las jóvenes, sino también un deber de las familias.

El deber de asistir a clase está por encima del derecho a lucir el hiyab y, sin duda, si el ministro sólo señala a los centros y no a las familias musulmanas, se pierde la oportunidad de una lección fundamental de democracia y para la integración en la sociedad española.

Además, no deja de enojarme la defensa del velo por parte de intelectuales que, como si fuera un invento del siglo XXI, lo juzgan sólo una señal de identidad. Chandhdortt Djavann, en su libro Abajo el velo, lo deja claro: "Las mujeres han vivido la humillación de no ser hombres, de llevar el velo, esa prisión ambulante, como la estrella amarilla de la condición femenina".

¿Alguien defendería la estrella amarilla de los judíos como señal de identidad? ¿No será que las situaciones se ven con distintos ojos si afectan a clases y a etnias que si afectan al sexo femenino?

Artículo publicado el 8 de mayo de 2010 en El País.

5 comentarios:

África Lorente Castillo dijo...

El padre le pidió a la chica que no llevara el velo. Fue ella la que decidió. Eso no quiere decir que no está totalmente de acuerdo contigo.

Esperanza dijo...

Hola Gemma, ¿cómo estas? Espero que mejor.

Estoy totalmente de acuerdo contigo.

Hace algun tiempo estuve discutiendo en facebook este asunto y un poco más y me comen. Parece ser que ofendí a algunas chicas y me pidieron que no intentara liberarlas, que ellas no me lo habían pedido.

Yo ya no se cómo decirlo, por supuesto tu expresas mi opinión mucho mejor que yo misma.

¡Besos Gemma!

Lola Steiner dijo...

Puede ser que ella decida. Pero también puede ser que no se atreva a confesar, en público y ante los micros, que su padre la obliga. Al menos, eso pasa con mis alumnas, que no quieren problemas entre unos padres autoritarios y unas tutoras que se meten donde nadie les llama.

Guti dijo...

"Es decir, que no hay más que dos opciones: o someterse a un hombre o ser puta. Por lo menos desde los ojos masculinos, claro."

Se lo he dicho ya en alguna ocasión, pero evidentemente le importa un comino.

Le agradecería que fuese capaz de exponer y defender sus ideas sin hacer generalizaciones injustas e insultantes hacia los varones.

Desde mis ojos una mujer tiene más opciones que ser sumisa o puta. Y usted tiene más opciones que hablar de los hombres, así, en general, como si todos fuesen iguales que los que escribieron el código de Hammurabi. Le aseguro que se puede escribir lo mismo sin ofender.

Anónimo dijo...

Mi comentario no quiere dar una lección porque como madre y feliz soltera me llena de ira lo extra difícil que me resulta el mundo laboral a diferencia de mis colegas masculinos.
Dije que mi comentario no quiere dar lecciones pero tengo que oponerme a un argumento en relación a la primacía del deber escolar sobre el derecho a 'lucir' el hiyab. Antes entiendo que todas las opiniones son válidas porque obedecen a nuestra necesidad de expresarnos como seres humanos. Pero hay quienes hacemos de la opinon una profesión como hay quienes hacen de la salud su profesión. A los médicos también les cuesta trabajo que las opinones de sus pacientes no afecten su propia salud, a veces les debe costar trabajo convencer a sus pacientes sobre el tratamiento. A los juristas también nos cuesta, primero porque es dificil no sonar con soberbia cuando es necesario dar una lección. No quiero corregir solamente un error, sino que deseo que el debate por nuestros derechos como mujeres sean menos ideológicos y más prácticos.El error es el siguente: no existe un 'deber' de ir a la escuela que contradiga el 'derecho' de usar una prenda. Digo que no existe porque está mal expresado el conflicto. Los conflictos ocurren entre dos derechos no entre un derecho y un deber (que por otro lado son especulaciones de la autora). El conflicto de derechos es el siguiente: hay contraposición entre el derecho de libertad de culto y el derecho de la institucion educativa a reglamentar las costumbres de los estudiantes. Sin embargo este conflicto es virtual o inexistente dado a la diferencia de status que tiene uno y otro derecho. El primero tiene rango constitucional (nacional)y el otro es a penas una disposicion de una institución que se encuentra bajo responsabilidad de la autoridad municipal (local). La clara jerarquía de un derecho sobre otro resulta de un mantenimiento del estado actual de las cosas (statu quo) en este punto. Es necesario pelear por nuestras libertades admitiendo cuando la posición contraria tiene más fundamentos que la nuestra. Caso contrario resultaremos poco creibles cuando tengamos un caso mejor fundamentado. Muchos besos feministas, Juana U.