miércoles, 30 de septiembre de 2009

La Tribu de Camelot a l'Esplai

Aquest curs, tots els esplais de la Fundació Catalana de l'Esplai han escollit la col·lecció La Tribu de Camelot com a centre d’interès per als grups de petits i de mitjans.

Fa dues setmanes vaig participar en una trobada per explicar-los diferents aspectes de la Tribu.
En podeu veure la notícia i l'entrevista que em van fer.

lunes, 28 de septiembre de 2009

¿Discriminación positiva? No, gracias

Recientemente se ha hecho público que la nueva Ley del Cine incluirá medidas que fomentarán la igualdad entre hombres y mujeres. Tal como se ha planteado en los medios de comunicación, el anuncio ha desencadenado un huracán de protestas, lo que debería llevar a periódicos, radios y televisiones a revisar su forma de enfocar determinadas noticias. En este caso concreto, se echa en falta, en primer lugar, una mención explícita a las desigualdades que, en función del sexo, lastran nuestro cine. Y en segundo lugar, se hubiera necesitado una redacción más precisa y menos tendenciosa.

El mejor resumen de lo que acabo de decir me lo brinda un periodista, que entrevista a un actor y le pregunta: “¿Qué piensa de la discriminación positiva que establecerá la Ley de Cine?”. Como el actor no sabe en qué consiste, se lo explica: “Que las películas dirigidas por mujeres recibirán más subvenciones.”

La guerra está servida.

Según el estudio “Mujeres y hombres en el cine español”, encargado por la Asociación de Mujeres Cineastas y de Medios Audiovisuales (CIMA), los sexos se reparten de este modo, según categorías profesionales: en dirección un 10% mujeres y un 90% varones; en guión un 20% mujeres y un 80% hombres; en dirección artística 30% y 70%; en equipo especialista en maquillaje, peluquería y vestuario: 85% y 15 %. Porcentajes que son similares a los del mundo de la empresa: mayoritariamente, ellas son secretarias y ellos, directores.

El argumento que se utiliza para justificar semejante desequilibrio es el de una masa crítica insuficiente, es decir, pocas mujeres preparadas. Aunque dicha tesis no es creíble porque con ella ya se pretendía hacer callar a las mujeres en los años 80. Y en 30 años el número de mujeres preparadas ha aumentado exponencialmente.

Todavía hay más: el punto de vista de la mayoría de películas es androcéntrico, es decir, ni se cuenta la historia desde la mirada de una mujer ni para la mujer espectadora. Por ejemplo, jamás una mujer consideraría la película de Almodóvar Hable con ella como una historia de amor sino como lo que realmente es: una violación.

Tampoco los personajes se libran de las desigualdades. Sólo hay historias para mujeres jóvenes; las de más de 40 se ven obligadas a retirarse. Aunque siempre les queda el recurso de reinventarse el físico hasta el infinito, como hicieron con el de Marlene Dietrich, a quien le arrancaron todas las muelas para que tuviera un rostro más interesante.

Y por último, el tipo de argumentos, también con un sesgo masculino. Por ponerlo en palabras de un internauta: “si a partir de ahora las subvenciones se las llevan las mujeres, dejaremos de ver películas de acción y nos inundarán con películas tipo Isabel Coixet”.

Esos desequilibrios se perciben en todos los ámbitos. En el mundo académico: 72 universidades públicas y privadas españolas y sólo cuatro mujeres rectoras; en política: el 10% de los municipios españoles tienen una alcaldesa; en las letras: mujeres que han recibido el premio Cervantes, ninguna; en los Consejos de Administración de las empresas del Ibex, sólo un 6% de mujeres.

Podríamos examinar otros sectores profesionales y siempre constataríamos que los varones llevan siglos aplicándose la discriminación positiva, así que, al margen de su capacidad o medianía profesional, se han reservado los puestos más relevantes, han obtenido la mayoría de premios (por ejemplo, en literatura; pero esto se lo contaré próximamente) y, lo que es peor, han determinado los criterios por los que un producto cultural es excelente o no lo es.

Por todo ello, estoy en contra de la discriminación positiva. Otra cosa es que, para resolver estas desigualdades seculares y reequilibrar la balanza, sean precisas acciones positivas como la que propone la nueva Ley del Cine, acciones refrendadas por las políticas de trabajo que impulsa la Unión Europea.

Son mecanismos correctores que pretenden que una mujer capacitada y competente, a pesar de ser mujer, pueda alcanzar el mismo nivel que un varón.

Artículo publicado en El País el 28 de Septiembre de 2009


sábado, 26 de septiembre de 2009

27 de Septiembre: un dia en la vida de las mujeres

El proper Diumenge 27 de setembre, a les 19h.

La Llibreria Pròleg, l'Editorial Alfama i l'Esmeralda Berbel, presentaran el llibre: 27 de septiembre, un dia en la vida de las mujeres

Una iniciativa de Gorki que va captivar també a Christa Wolf, i que ara l'Esmeralda Berbel ha recuperat amb l'entusiasme de 29 dones actuals i properes, de diferents àmbits artístics i profesionals.


PRÒLEG Llibreria de les dones
c/Sant Pere més Alt, 46
08003-Barcelona
Telèfon: +34 93 319 24 25

Quan l'Esmeralda em va proposar de participar en aquest projecte, no m'hi vaig poder negar. M'encanta haver col·laborat amb aquest grup de dones a tirar endavant aquest llibre.

Esteu tots i totes convidats a venir a la presentació!

martes, 22 de septiembre de 2009

Dia Internacional de la Pau

Ahir vaig participar en l'acte de commemoració del Dia Internacional de la Pau organitzat per l'ICIP.

Podeu veure'n les fotos ( I i II), un vídeo on apareix la performance i la connexió en directe del programa de BTV "Connexió Barcelona" (del minut 8.39 al 14.40).


lunes, 21 de septiembre de 2009

Explotación sexual (1)

Recientemente, un conocido periódico publicó un artículo que defendía legalizar la prostitución basándose en el hecho de que “la universalidad del negocio del sexo indica que se trata de un fenómeno biológico y no cultural”, lo que sería como decir que, puesto que la opresión de las clases más desfavorecidas se da en todas las sociedades, su raíz debe de ser biológica.

Según el articulista, nuestros antepasados más lujuriosos tuvieron más descendientes que los castos, en tanto que las mujeres, fueran lúbricas o no, tenían más o menos el mismo número de criaturas. Lo cual es una explicación veraz a medias ya que el número de descendientes de los varones no dependía de su lujuria o castidad sino de la asimetría respecto a las mujeres: muchos espermatozoos contra un solo óvulo. Dicho de otro modo, en la naturaleza (y así era para la humanidad en el pasado), puesto que la fecundidad masculina depende del número de apareamientos, los machos luchan entre sí por el acceso a las hembras. Ello favorece a los ejemplares más fuertes y jóvenes, que son quienes tienen más descendencia, y perjudica a más de la mitad de machos, que no dejan sucesión alguna.

Así, gracias a este mecanismo, las hembras son fecundadas por espermatozoos saludables, lo que fortalece la especie. Esto sí es la selección natural darviniana y no la que infiere el articulista al escribir: “al ser descendientes de hombres extraordinariamente libidinosos (…), nuestro código genético actual dice: el hombre es más promiscuo que la mujer”. Esa peregrina conclusión sería como decir que, por sistema, los ojos azules paternos los hereda el hijo y los verdes maternos, la hija. En realidad, según las leyes de Mendel, se darían también varones virtuosos y mujeres lujuriosas.

En su siguiente razonamiento, el articulista se pregunta cómo se puede compaginar la conducta de esos varones tan lascivos con la de esas castas mujeres, y explica: “con unas pocas mujeres practicando sexo a cambio de una compensación económica. Nace, pues, la prostitución”. Su respuesta es francamente pasmosa: al principio afirmaba que se trataba de un fenómeno biológico y, sin embargo, ahora admite que es el resultado de una determinada estrategia social, es decir, un fenómeno cultural.

Pero, por lo menos, hemos llegado a un punto de acuerdo: los varones, que acumulaban poder y riqueza (eso se le ha olvidado al articulista), determinaron que habría una mujer para cada uno (obligadamente casta) y unas cuantas a repartir entre todos. Las mujeres, sin autoridad ni fortuna, poco pudieron objetar.

Por otro lado, y retomando el argumento biológico, si sólo los varones fueran promiscuos, la infidelidad femenina no existiría. Y sin embargo, estudios recientes confirman hasta un 70% de mujeres con sexo extramatrimonial. Bien es verdad que trabajos realizados en la década de los 50 arrojaban porcentajes mucho más bajos, pero esta diferencia de resultados obedece a la intensa represión ejercida antaño sobre las mujeres, por lo que o controlaban sus impulsos o no hacían públicas sus digresiones sexuales.

Una vez más, pues, son las razones culturales las que modulan la respuesta sexual de los individuos.

El articulista, por fin, invoca el nombre de San Agustín y Santo Tomás de Aquino, que justificaban la prostitución como válvula de escape. Aunque parece ignorar que, a esos padres de la Iglesia, las mujeres les parecían seres de segunda. Decía San Agustín que a las mujeres había que segregarlas, “ya que son causa de insidiosas e involuntarias erecciones en los santos varones”, mientras que Santo Tomás consideraba a las mujeres “varones defectuosos”. Así que ni uno ni otro resultan un referente cabal en cuestiones de género.

Sólo hubiera faltado que el articulista hubiese tratado de demostrar con argumentos pseudos-biológicos por qué la mayoría de prostitutas, además de ser mujeres, son también pobres y de una etnia distinta a la de él.

Desde argumentos culturales es fácil entenderlo como una explotación de sexo, clase y origen.

Artículo publicado el 21 de septiembre en El País.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Legalizar, ¡menuda panacea!

Hace unos tres años, l’Espai Francesca Bonnemaison, una institución catalana que trabaja a favor de la igualdad entre mujeres y hombres, me invitó como moderadora a una mesa sobre las nuevas ciudadanías. En cierto momento, el debate se polarizó en torno a la conveniencia de permitir o prohibir el uso del velo. Incluso teniendo una opinión propia, resultaban comprensibles los argumentos de quienes defendían uno u otro punto de vista. Parecía que, en nombre del respeto a las diferencias culturales y a la libertad individual, el velo debía tolerarse en lugares públicos. Y fue así hasta que una chica marroquí se levantó de entre el público para declarar que permitiendo el velo dejábamos desprotegidas a aquellas que son obligadas a usarlo, y que esperaba de las españolas que lucháramos no sólo por nuestros derechos sino también por los de aquellas que proceden de otras culturas con una mayor subordinación femenina al varón.

El de esta mujer me pareció el argumento definitivo. Y no sólo me parece legítimo para el velo sino también para la prostitución.

Según informes de la Guardia Civil y de Médicos del Mundo, el 90% de las mujeres en situación de prostitución lo están en contra de su voluntad. Algunas, simplemente porque no tienen otra opción. Como las Jennifer o las Jow citadas en este mismo periódico, las cuales, dicen, “están en ‘eso’ por necesidad, aunque desearían otro trabajo”. Otras han sido metidas a la fuerza en ese negocio por bandas, a las que actualmente les sale más a cuenta la trata de personas que el tráfico de drogas. Estas esclavas sexuales están vinculadas a sus captores por los más diversos métodos coercitivos: irreales deudas astronómicas, amenazas de muerte, vudú... Y son tratadas como animales de carga: los proxenetas las venden y compran en los cruces de carreteras, les quitan los pocos papeles de que disponen, las ablandan con violaciones y palizas, las enganchan a la heroína o a la cocaína para amarrarlas mejor, incluso -como ahora hemos sabido- las hormonan para que rindan más sexualmente en sus 20 horas diarias de trabajo.

Ante una situación como ésta, sólo cabe ponerse al lado de ese atroz porcentaje de niñas y mujeres forzadas a prostituirse y que es, justamente, el que ha hecho estallar de nuevo el debate. Porque reconocerán que si esas prostitutas no invadieran carreteras y calles causando malestar a la ciudadanía, nadie movería un dedo.

Legalizar la prostitución, sin embargo, no es la solución para ellas. ¿O creen ustedes que las mafias que las controlan iban a entrar en la legalidad por arte de birlibirloque? Es impensable que preparasen a sus pupilas contratos de trabajo, que cotizasen por ellas a la seguridad social, que les otorgasen un horario según convenio, que dejasen de “convencerlas” con amenazas, palizas o drogas y que renunciasen a los pingües beneficios de su negocio. Si eso ocurriera, significaría que las mafias habrían desaparecido y, con ellas, el problema. ¿Siguen, entonces, pensando que legalizar es la panacea?

Pues, no; la única solución para atajar este problema es la que se está empezando a poner en marcha: la reforma del Código penal endureciendo las penas para quienes trafican con personas.

Bien es verdad que quedaría ese 10% de mujeres que, según parece, se prostituye libremente, aunque para ellas la legalización no supondría ningún cambio: ya ahora pueden darse de alta como autónomas en el apartado de servicios personales y realizar facturas por masajes o sesiones de relajación, por decir algo.

Y, finalmente, podríamos preguntarnos cuánta libertad cabe en la decisión de prostituirse. Tal vez ni una pizca. Como decía John Stuart Mill en La esclavitud femenina: “¿Quién es capaz de decir cuántas mujeres alimentan en silencio aspiraciones de libertad y justicia? Hay razones para creer que serían mucho más numerosas, si no se hiciese estudio en enseñarles a reprimir estas aspiraciones, por contrarias al papel que, en opinión de los esclavistas, corresponde al decoro del sexo femenino”.


Artículo publicado en El País el 14 de septiembre de 2009.

martes, 8 de septiembre de 2009

Això no es pot consentir!

No us perdeu les condicions en què "treballen" les dones en situació de prostitució: "Dos burdeles 'hormonaban' a las mujeres para que rindieran más" a El País.
Això no es pot consentir!

Jo, lectora/Yo, lectora

Després de molts dies sense fer-ho, torno a actualitzar l'espai "Jo, lectora".

Después de muchos días sin hacerlo, vuelvo a actualizar el espacio "Yo, lectora".


Escriptora/Escritora.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Testosterona y riesgo financiero

A finales de agosto, algunos medios de comunicación se hicieron eco de un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences. En él, se exponían los resultados de un estudio realizado en una escuela de negocios norteamericana para determinar la función de la testosterona en el mercado financiero.

Quienes dirigieron la investigación hallaron que los niveles de testosterona elevados juegan un importante papel en la toma de decisiones financieras arriesgadas, lo que correlaciona con el mayor número de estudiantes varones matriculados en especialidades de riesgo, tales como inversiones bancarias. Sin embargo, los resultados también pusieron de manifiesto que aquellas mujeres que, pese a su sexo, tenían altos niveles de esta hormona masculina eran capaces de aventurarse tanto como los hombres. La conclusión fue que las diferencias entre hombres y mujeres al disponer acciones financieras arriesgadas es biológica y no social, y que las discrepancias individuales en la tasa de testosterona pueden afectar a aspectos importantes de la conducta económica.

Sin poner en duda los resultados -aunque tal vez sí su interpretación-, quisiera manifestar la perplejidad que me provoca observar cómo, una vez más en la historia de la humanidad, se utiliza el salvoconducto de la "ciencia" para justificar desigualdades entre mujeres y hombres. En nombre de la ciencia, ya se equivocaron, por ejemplo, Darwin, que defendía la inferioridad psíquica y física femenina, o los ginecólogos victorianos, que consideraban la amenorrea como un daño irreparable al cerebro causado por ese flujo menstrual no expulsado.

Y, sin embargo, evocando argumentos científicos parece que se está en posesión de la verdad: la ciencia no miente o no se equivoca. Excepto, claro, cuando la muestra elegida es insuficiente desde el punto de vista numérico o cuando no se controlan las variables que pueden estar incidiendo en el experimento, o cuando la conclusión que se desprende no se relaciona bien con la formulación de la hipótesis.

Por otro lado, cabe preguntarse por esas mujeres de niveles testosterónicos casi masculinos. ¿Se arriesgan financieramente porque su testosterona es elevada o su testosterona es elevada porque su conducta habitual es competitiva, agresiva y atrevida? Es decir, ¿se comportan con un patrón calificado de masculino debido a sus hormonas o sus hormonas se modifican porque esas mujeres, saltándose a la torera los estereotipos de género, se comportan "masculinamente"?

Dicho de otro modo, la experiencia puede ser producto de las hormonas, pero las hormonas también pueden ser el resultado de la experiencia. Está demostrado, por ejemplo, que el cortisol, hormona que se segrega en situaciones de estrés, se reduce sólo con que el individuo estresado modifique su pensamiento respecto a lo que le desazona.

Modelos todavía más patentes de la incidencia de la experiencia sobre la biología aparecen en el libro El sexo de las lagartijas, de Ambrosio García Leal, que cita unos peces de arrecife que viven en cardúmenes de hembras custodiados por un único macho, a cuya muerte es reemplazado por la hembra de mayor tamaño, que, entonces, cambia de sexo.

En cualquier caso, está claro que en el mundo financiero se priman la testosterona elevada y los comportamientos considerados típicamente masculinos. Todo lo cual y a la vista del desastre económico mundial que generaron las suprimes y otras jugadas financieras igual de peligrosas, lleva a pensar que en el futuro -¡y ya en el presente!- sería preferible reconsiderar los modelos. No digo que se tuviera que medir la testosterona a cualquiera -hombre o mujer- que participase en las áreas de riesgo financiero de las entidades bancarias, pero sí que deberían priorizarse comportamientos contrarios a los que hasta el momento se han tenido en cuenta.

Desde ahora y como prevención de nuevas crisis, habría que dar paso a conductas secularmente menospreciadas por femeninas, como son las filiativas, cautelosas y cooperativas.


Artículo publicado en El País el 7 de septiembre de 2009.


miércoles, 2 de septiembre de 2009

Una falacia machista

Ayer unas imágenes brutales ilustraban la sección de Cataluña en este periódico. Sobre el fondo de los soportales de la Boquería, se distinguen claramente dos parejas practicando sexo, cada una bajo un arco. En el más cercano al espectador, un hombre erguido realiza una penetración anal a una mujer que se dobla sobre sí misma para ofrecer mejor su trasero; los pantalones bajados de él –el mínimo descenso para permitir la ejecución- dejan al aire unas nalgas blanquísimas que contrastan con el color chocolate de las de ella. En el arco más alejado, un hombre –también blanco- se apoya con actitud pasiva en una de las columnas, mientras una mujer –también como la otra, de piel oscura-, de espaldas al espectador, sostiene en alto la camiseta de él para que no estorbe la más que probable felación que está a punto de hacerle. No es preciso que ningún pie de foto aclare que se trata de prostitución en la vía pública; resulta obvio.

Las imágenes hieren a quienes las soportan a diario en vivo y en directo y a quienes las ven impresas en el periódico. Es vergonzoso, dicen las bocas de esas miradas. Y yo me pregunto qué están calificando de vergüenza: ¿ese acto sexual realizado en la calle o la violencia que representa que un hombre abuse de la situación de vulnerabilidad de una mujer? Me temo que una gran mayoría de personas sienten repugnancia porque consideran que el sexo debe practicarse en la intimidad –razonamiento que comparto--, pero dejarían de sentirse afectadas si ese mismo acto se desarrollara tras unas paredes. Y, sin embargo, la violencia contra esa mujer -esas mujeres- se seguiría perpetrando.

Preguntados los comerciantes de la zona acerca del fenómeno creciente dicen que “hay muchas más putas que nunca”. No es difícil establecer, pues, una relación entre la crisis económica que vivimos y la proliferación de mujeres en situación de prostitución. Y, sin embargo, no es ésta la única explicación; existen por lo menos dos más.

Por un lado, las mafias llevan tiempo paseándose a su gusto y operando con total impunidad no sólo por el Raval sino, pongamos, por las carreteras del Ampurdán. En las carreteras, a veces, los proxenetas ocupan el lugar de sus pupilas bajo el parasol y sestean en la sillita de plástico a la espera de que ellas regresen con los 20 miserables euros que han cobrado por un “completo”. En la Rambla de Barcelona, los macarras -15 a lo sumo, dicen quienes conocen la zona- van arriba y abajo controlando a las chicas y propinándoles alguna paliza si no cumplen como es debido.

Por otro lado, la clientela no deja de crecer. En los años casposos de la posguerra, años de una represión sexual intensa -especialmente para las mujeres--, ir de putas era considerado un mal menor, que servía para aliviar la soledad de hombres mayores y para dotar a los jóvenes con los mínimos conocimientos indispensables. En las primeras décadas de la democracia, ningún hombre joven hubiera alardeado de frecuentar prostitutas ya que se consideraba propio de carcamales reaccionarios. Y, sin embargo, en las primeras décadas del siglo XXI, los hombres jóvenes lo consideran casi obligado.

Estos son los datos: uno de cada cuatro españoles admite haber pagado por sexo, aunque es probable que esta cifra quede muy por debajo de la realidad. La edad de los puteros –nada de llamarles “clientes”- ha bajado y la media se sitúa en los 30 años, aunque hay chicos de 18 que ya han probado esta forma de “diversión”. Y, por último, no es fácil obtener un perfil del usuario: se les encuentra en cualquier profesión, en cualquier estado civil y en cualquier tramo de edad, y la única característica que les hermana es su incapacidad para establecer relaciones de igualdad con las mujeres.

Lo más curioso de esta situación es que si las compañeras de clase o de trabajo de esos puteros tienen una conducta sexual libremente promiscua son tildadas por ellos de “putas”, tal vez con la intención de que se mantengan vírgenes hasta el matrimonio. Una falacia machista, ¿no creen?

Artículo publicado en El País el 2 de septiembre de 2009.