miércoles, 4 de noviembre de 2009

El problema de Marta

Casete 5.Cara B. Sesión individual
Terapeuta : Juan M. Paciente : Marta P.


T- ¿Recuerdas cuál es el trato, Marta?

T- Marta, por favor, mírame…Ya sé que esta situación no te resulta nada agradable, pero para mí tampoco lo es. Contéstame. ¿Te acuerdas del trato?
P-Sí.
T-¿Me lo quieres repetir, por favor?
P-Pues que si llegaba a pesar menos de cuarenta kilos tendría que ingresar.
T-¿Y sabes cuánto pesas esta semana?


¿Cómo lo habría podido saber Marta? ¿Qué se creía Juan? ¿Que ella era el oráculo de Delfos? La Vilagut, la de literatura, les explicaba con frecuencia mitología clásica -“no se puede entender la literatura si no se sabe nada de mitología”, decía. Y les había contado que en Delfos, en la antigua Grecia, el dios Apolo había matado a la serpiente Pitón para apoderarse del santuario que guardaba la bestia. A partir de aquel momento, la pitia, una doncella, era la encargada de hacer las profecías en nombre del dios. La obligaban a ayunar durante tres días (esto para Marta no habría sido ningún inconveniente; le era fácil), la bañaban en las aguas inspiradoras de la fuente Castalia (Marta no sabía si el agua de su casa era muy inspiradora pero, en cualquier caso, por falta de agua no iba a ser porque, con la manía de los microbios a punto de atacarla por cualquier flanco, se pasaba horas bajo la ducha). Después la sentaban encima de un trípode sagrado, delante de una grieta de la roca por donde salían emanaciones gaseosas y la pitia soltaba palabras mal articuladas que eran interpretadas por los sacerdotes…y ya tenían la respuesta que necesitaban. Marta se veía en la cocina de su casa en un taburete de tres patas, delante de los vapores de la olla exprés…

Pero seguro que entonces habrían entrado los gemelos y habrían soltado alguna de sus burradas:
-Mamááá, ¡Marta se ha vuelto loca! -habría podido decir, por ejemplo, Roberto.

-Más loca, querrás decir -habría remachado Alberto.

Porque Roberto y Alberto eran como Hernández y Fernández de Tintín: hablaban los dos al mismo tiempo para decir lo mismo o el uno completaba la frase que había dicho el otro. ¡Muy graciosos!

Como hicieron aquella tarde cuando llegaron Marta y sus padres, después de haber tenido la primera sesión con Juan. Y la madre, muy decidida (de hecho, como siempre, porque nunca hacía nada con vacilación), entró en el baño, seguida de Marta y los gemelos, cogió la báscula (la llevaba como si fuese un perro rabioso) que estaba en el suelo entre el bidé y la bañera, salió del baño seguida también por sus hijos (Marta huraña, Roberto y Alberto con ojos como platos), entró en el dormitorio de matrimonio, se subió a una silla y escondió la maldita báscula en la parte alta del armario, bien enterrada entre un montón de mantas y maletas.


Fragmento de la novela Billete de ida y vuelta publicado el 30 de octubre de 2009 en el blog de Aimentación y salud de Universia.

No hay comentarios: