lunes, 12 de octubre de 2009

Polanski y el punto de vista

La semana pasada la Associació de Dones Periodistes de Catalunya (ADPC) concedió los premios de Comunicación no sexista, en su 17ª edición. De las 12 distinciones entregadas, 9 fueron para profesionales que, en distintas modalidades periodísticas, se habían distinguido por sus buenas prácticas, la décima fue para toda una trayectoria periodística, merecidamente para la fotógrafa Colita, y las dos últimas recayeron en profesionales que destacaron por sus malas prácticas. Uno de estos dos contrapremios se lo llevó un club de moteros por su publicidad: un cartel que parecía el anuncio de un club de alterne y no otra cosa. El hombre que recogió este “premio” dijo que no había tenido conciencia del sexismo de la imagen hasta que las mujeres periodistas le habían abierto los ojos y mostrado otra forma de mirar la realidad.

Y es que el punto de vista desde el que se cuenta cualquier historia, sea una novela, una imagen promocional o una noticia, resulta básico para comunicar una determinada emoción o trasladar conceptos a quien lee, mira o escucha. ¿Recuerdan La ventana indiscreta de Hichtcock? En una de las secuencias la chica entra en casa del presunto asesino sin sospechar que él anda por allí. La escena está contada desde los ojos del novio, inmovilizado por una pierna escayolada. Éste, desde su ventana y sin posibilidades de intervenir, observa los movimientos en la casa de enfrente. Nada mejor que ese punto de vista para comunicarnos su inquietud.

Otras veces, sin embargo, el punto de vista no es deliberado sino que se aplica por inercia. Es el punto de vista con el que estamos programados por defecto: el que nos ha inculcado quien detenta el poder. Y si ustedes quieren saber cómo es la mirada del poder no tienen más que buscar imágenes del G-20; comprobarán que básicamente es –ha sido siempre- blanco, rico, masculino y de mediana edad. Así que la mayoría de personas, lo sepan o no, están acostumbradas a observar la realidad desde esa mirada.

La noticia de la detención de Polanski, cineasta reputado de 76 años que, hace 3 décadas, drogó y violó a una niña de 13 años, creo que es un ilustrativo ejemplo de lo anterior. Es decir, que no sólo es un director de cine relevante, sino que, además, y sobre todo en este caso, es un pederasta y violador. Si el periodista dice que “probablemente Polanski debe de maldecir su encuentro con la núbil aspirante a modelo [la víctima] en el pasado”, provoca un sentimiento de empatía en el lector. Si el periodista, al explicar que la señora tal (la víctima) pidió hace tiempo que se cerrara el proceso, lo hace sin omitir el nombre de la mujer (con lo que la victimiza doblemente) y omitiendo, en cambio, la razón por la que ella exigió terminar con esa historia (que los medios la dejaran en paz), está predisponiendo a lectores y lectoras contra la niña violada. En ambos casos, el periodista ha contado la historia desde el punto de vista de Polanski (blanco, rico, hombre…), es decir, el poder.

Este punto de vista es el mismo que aplica García Márquez cuando escribe Historia de mis putas tristes y el mismo que aplican los críticos al juzgarla una historia de amor, cuando no es más que una historia de pederastia que en nada beneficia a las niñas suramericanas traficadas por las mafias. Una ONG mexicana, con mirada distinta, ha interpuesto una denuncia para que no pueda ser llevada a la gran pantalla.

Este punto de vista es el mismo que utiliza el Vaticano para minimizar a los curas violadores calificándolos de “efebófilos”

Este punto de vista, en fin, es incompatible con la supuesta guerra que llevamos a cabo contra los pederastas en Internet. Si queremos acabar con los abusos sexuales contra las criaturas, sea quien sea que los perpetre, es necesario que la cámara nos encuadre a todos por igual. Como escribía Foucault, “hay momentos en la vida en que la cuestión de saber si uno puede pensar de otra manera a como piensa y percibir de otra manera a como percibe es indispensable para continuar mirando y reflexionando”.

Artículo publicado el 12 de octubre de 2009 en El País.

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