lunes, 7 de septiembre de 2009

Testosterona y riesgo financiero

A finales de agosto, algunos medios de comunicación se hicieron eco de un artículo publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences. En él, se exponían los resultados de un estudio realizado en una escuela de negocios norteamericana para determinar la función de la testosterona en el mercado financiero.

Quienes dirigieron la investigación hallaron que los niveles de testosterona elevados juegan un importante papel en la toma de decisiones financieras arriesgadas, lo que correlaciona con el mayor número de estudiantes varones matriculados en especialidades de riesgo, tales como inversiones bancarias. Sin embargo, los resultados también pusieron de manifiesto que aquellas mujeres que, pese a su sexo, tenían altos niveles de esta hormona masculina eran capaces de aventurarse tanto como los hombres. La conclusión fue que las diferencias entre hombres y mujeres al disponer acciones financieras arriesgadas es biológica y no social, y que las discrepancias individuales en la tasa de testosterona pueden afectar a aspectos importantes de la conducta económica.

Sin poner en duda los resultados -aunque tal vez sí su interpretación-, quisiera manifestar la perplejidad que me provoca observar cómo, una vez más en la historia de la humanidad, se utiliza el salvoconducto de la "ciencia" para justificar desigualdades entre mujeres y hombres. En nombre de la ciencia, ya se equivocaron, por ejemplo, Darwin, que defendía la inferioridad psíquica y física femenina, o los ginecólogos victorianos, que consideraban la amenorrea como un daño irreparable al cerebro causado por ese flujo menstrual no expulsado.

Y, sin embargo, evocando argumentos científicos parece que se está en posesión de la verdad: la ciencia no miente o no se equivoca. Excepto, claro, cuando la muestra elegida es insuficiente desde el punto de vista numérico o cuando no se controlan las variables que pueden estar incidiendo en el experimento, o cuando la conclusión que se desprende no se relaciona bien con la formulación de la hipótesis.

Por otro lado, cabe preguntarse por esas mujeres de niveles testosterónicos casi masculinos. ¿Se arriesgan financieramente porque su testosterona es elevada o su testosterona es elevada porque su conducta habitual es competitiva, agresiva y atrevida? Es decir, ¿se comportan con un patrón calificado de masculino debido a sus hormonas o sus hormonas se modifican porque esas mujeres, saltándose a la torera los estereotipos de género, se comportan "masculinamente"?

Dicho de otro modo, la experiencia puede ser producto de las hormonas, pero las hormonas también pueden ser el resultado de la experiencia. Está demostrado, por ejemplo, que el cortisol, hormona que se segrega en situaciones de estrés, se reduce sólo con que el individuo estresado modifique su pensamiento respecto a lo que le desazona.

Modelos todavía más patentes de la incidencia de la experiencia sobre la biología aparecen en el libro El sexo de las lagartijas, de Ambrosio García Leal, que cita unos peces de arrecife que viven en cardúmenes de hembras custodiados por un único macho, a cuya muerte es reemplazado por la hembra de mayor tamaño, que, entonces, cambia de sexo.

En cualquier caso, está claro que en el mundo financiero se priman la testosterona elevada y los comportamientos considerados típicamente masculinos. Todo lo cual y a la vista del desastre económico mundial que generaron las suprimes y otras jugadas financieras igual de peligrosas, lleva a pensar que en el futuro -¡y ya en el presente!- sería preferible reconsiderar los modelos. No digo que se tuviera que medir la testosterona a cualquiera -hombre o mujer- que participase en las áreas de riesgo financiero de las entidades bancarias, pero sí que deberían priorizarse comportamientos contrarios a los que hasta el momento se han tenido en cuenta.

Desde ahora y como prevención de nuevas crisis, habría que dar paso a conductas secularmente menospreciadas por femeninas, como son las filiativas, cautelosas y cooperativas.


Artículo publicado en El País el 7 de septiembre de 2009.


1 comentario:

Guti dijo...

Otra vez, interesante artículo. Y me gustaría aportar algunas reflexiones.

- Ciertamente, el problema no suele estar tanto en la ciencia como en las interpretaciones que se hacen de sus resultados, muy frecuentemente erróneas.

- Creo que hay una interpretación errónea que, Gemma, tú misma has reproducido. No veo que el estudio hable de superioridad de los hombres en ningún caso. Habla de más o menos aversión al riesgo, o de adoptar carreras profesionales más o menos vinculadas al riesgo. Considerar la no-aversión al riesgo como algo positivo... lo has hecho tú. Para mí la gente que se dedica a la especulación pura son simplemente parásitos ludópatas que no tienen mi admiración.

- "La ciencia, si es ciencia de verdad, no miente o no se equivoca"... Pues no es así, pero sí que la ciencia es lo más parecido a la verdad que tenemos.

El estudio puede estar equivocado. Pero en ningún caso por revelar diferencias entre los hombres y las mujeres; si está equivocado, tiene que ser posible señalar sus puntos débiles con argumentos estrictamente científicos.

Si las personas pueden generar testosterona como resultado de y no como causa de conductas arriesgadas es una cuestión interesante, y seguramente se puede estudiar. Los resultados de los peces, o de las lagartijas, no son directamente extrapolables a las mujeres. (Menos mal que la comparación la has hecho tú, que si la llego a hacer yo, a ver si no me caería algún que otro calificativo cariñoso.)

- Finalmente, rechazo de plano la idea de que las conductas filiativas, cautelosas y cooperativas sean femeninas. Supongo que tú también lo consideras una idea asquerosamente sexista.