lunes, 8 de junio de 2009

Sexualidad peregrina

En los últimos días representantes de la Iglesia católica han vertido significativas declaraciones sobre la nueva ley del aborto. Primero fue el cardenal Cañizares quien no tuvo empacho en opinar que los abusos a menores perpetrados por sacerdotes irlandeses eran menos graves que el aborto. Una visión que seguramente no compartirían ni los 150 millones de niñas ni los 73 millones de niños que en 2008 fueron explotados sexualmente en el mundo según UNICEF. A ellos deberíamos sumar las víctimas de abusos sexuales en el seno de la familia o de instituciones religiosas, que, según la Fundación Vicki Bernadet de Barcelona, suponen en España un 23% de niñas y un 15% de niños menores de 17 años.

El abuso sexual resulta de una relación no consentida, asimétrica y bajo coacción entre un adulto y un menor, el cual con toda probabilidad arrastrará secuelas emocionales negativas a lo largo de una parte de su vida, o de toda ella si no recibe la ayuda necesaria. Cuanto mayor sea la incomprensión del entorno, más difícil le será curar las heridas. En este sentido, las declaraciones de Cañizares suman un nuevo abuso al que ya padecieron las víctimas.

Después de Cañizares, fue Ricardo Benjumea quien publicó en la revista Alfa y Omega, de la Conferencia Episcopal, no uno sino dos artículos con un particular enfoque. Así en el segundo dice textualmente: “Cuando se banaliza el sexo, se disocia de la procreación y se desvincula del matrimonio, deja de tener sentido la consideración de la violación como delito penal”. En el primero ya había precisado que “los órganos genitales merecen una protección muy especial, sobre todo los femeninos. Son un santuario de vida”. Sus tesis recuerdan las de algunos jueces que consideran los centímetros de la falda de la víctima un eximente para el violador o las no muy lejanas leyes penales españolas que no juzgaban la penetración anal forzada como violación. Y sin embargo no creo que exista ningún hombre al que, sólo por el hecho de no poder concebir, le pudiera parecer irrelevante que le penetraran analmente contra su voluntad. En cualquier caso, tal vez el colaborador de esta revista podría mejorar la comprensión del problema con la lectura de las novelas de Joyce Carol Oates, Violada o Qué fue de los Mulvaney.

Si he calificado de significativas las declaraciones de uno y otro, es porque denotan una determinada concepción de la sexualidad, acorde con lo que ha venido propugnando siempre la iglesia católica. En primer lugar, ésta sólo permite las relaciones sexuales dentro del matrimonio y con el fin de procrear, con lo que coloca la sexualidad humana a un nivel animal y prescinde de los aspectos de vinculación personal, por no hablar de los puramente lúdicos. En segundo lugar, considera el celibato un estadio superior al matrimonio, razón por la que los sacerdotes deben permanecer castos. Y en tercer lugar y vinculada a las dos anteriores premisas, la iglesia considera sucio el sexo. Sólo así se entiende que, proclamando que el fin principal de la mujer es la maternidad, brinde como máximo modelo a la Virgen María, según ellos madre sin haber mantenido relaciones sexuales.

Queda por dilucidar por qué consideran virtuosa la castidad y por qué ven impúdica la sexualidad. Y tal vez la respuesta pueda hallarse en la consideración de peligro moral que la mujer ha merecido desde siempre a los padres de la Iglesia y que se puede resumir en una frase del abad de Cluny (siglo x), que la compara a un saco de mierda.

Sostiene René Girard en su libro La violencia y lo sagrado: “El deseo sexual tiende a proyectarse sobre unos objetos de recambio cuando el objeto que lo atrae permanece inaccesible”. Considerando que la curia no ha podido proyectar este deseo hacia las mujeres, inaccesibles a causa de su supuesta inferioridad moral, tal vez ello explique que algunos religiosos lo hayan derivado hacia niños y niñas.

¿Será esa la razón por la que hay prelados que, cuando dan rienda suelta a sus impulsos reprimidos, practican una sexualidad tan peregrina?

Artículo publicado en El País el 7 de junio de 2009.

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